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La una de la tarde del domingo. Como siempre, dejándolo todo para última hora. Como siempre, a toda prisa y corriendo. Sin embargo, hay buen ambiente. El sol y la humedad todavía no han llegado a su máximo esplendor veraniego —ya habrá tiempo para hablar de ello en agosto—, por lo que la situación se resume a que se está muy bien en la calle. Me hago con una birra y un ticket para probar alguna de las tapas que los muchos restaurantes unidos a la causa han preparado. Después de media hora dando vueltas sin lograr sacar nada en claro, me decido por unas croquetas de jamón de Mont Bar. Están fantásticas: cremosas, bien de garrote por el sabor del jamón pero sin pasarse con la sal y, lo que es igual de importante, fritas a la perfección, nada aceitosas. Después, un extraño ataque de patriotismo andaluz se apodera de mí y me voy directo a por una pulga de pringá del Bar Cañete, uno de mis sitios favoritos de Barcelona. Como es habitual, no solo no defraudan, sino que ponen el listón más alto, de tal manera que ahora la presión está en las pulgas de pringá que me vaya a comer en Sevilla y no al revés.

Tast a la Rambla es muchas cosas. Es una versión moderna de las fiestas de barrio que todavía siguen teniendo lugar año tras año en Gràcia, Poble Sec o Sants. Es una celebración de los cinco, diez, veinte, treinta —y así hasta el infinito— años, pues aquí todo el mundo tiene cabida. Es un homenaje a una cocina que mezcla tradición y novedad sin caer en florituras ni tirabuzones innecesarios. Sin embargo, por encima de todo, es una forma de democratizar esa cocina y abrir las puertas al gran público para que pueda conocerla y deleitarse con ella, que no es poco.

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