Siempre poníamos a Nina Kraviz de fondo. Era nuestra norma no escrita, un pacto tácito que empezó la primera noche que nos cruzamos, cuando llegamos a la conclusión de que la ropa que llevábamos puesta no hacía más que estorbar, y que seguimos cumpliendo cada vez que nos vemos. Antes era todo más fácil, cuando no teníamos que preocuparnos de estar cuadrando horarios durante un par de semanas para escaparnos a hurtadillas de trabajo, pareja, amigos, familia, casa, sociedad y cualquier norma escrita —o por escribir— sobre la decencia. Con el tiempo, también, seguimos respetando la intimidad de cada uno, la libertad para ir y venir sin tener que dar explicaciones ni caer en el juego de los celos. Desde el principio tuvimos claro que solo nos gustaba un tipo de ataduras.

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