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La cocina estaba hecha un asco. Primero fue la cena del viernes. Después, la resaca del sábado. El domingo por la mañana, tras quedarnos hasta las tantas la noche anterior, prometía ser poco agradable. Acabar con la montaña de platos sucios me llevó cerca de media hora. Empanar y freír los filetes de pollo, otra hora y media. Despertarla y convencerla de irnos a la playa, sin embargo, fue algo instantáneo.

Ciento veinte por hora le parecía poca velocidad, de ahí que mirara de reojo constantemente el cuentakilómetros y no dejara de mover la pierna de un lado para otro. No se moría por llegar, pero era la impaciencia personificada y chascaba la lengua sin parar cuando empezaba a aburrirse. Paramos a fumar un cigarrillo, dos, tres. Veinte minutos se convirtieron en una hora mientras compartíamos cerveza y humo en un acantilado en el que dejamos colgar las piernas. Comenzaba a refrescar y, además, ya era algo tarde, así que intuí que no llegaríamos al mar y saqué los filetes de la nevera portátil que llevaba en el coche para comérnoslos ahí mismo.

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