Cuando era pequeña, me avergonzaba de mis manchas. Entonces era una característica que me diferenciaba y por ello no me gustaba. Sólo quería ser como todos los niños, normal. No sé a partir de qué punto empecé a sentir simpatía por esas pequeñas manchas que recubren mi cuerpo. Ya no me sentí más como un dálmata. Por fin, comprendí lo que significaba ser diferente, ser única

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