Un trago más y voy a hablarle, lo prometo. Saco el móvil y lo miro por inercia. Dos minutos después, lo vuelvo a mirar porque me doy cuenta de que se me ha olvidado fijarme en la hora.  Tres minutos más tarde, lo vuelvo a sacar porque creo que ha vibrado. No, falsa alarma, era mi ego. Todo vale con tal de posponer el momento de ir a hablarle. Vuelta a empezar. Otro trago. Ya no me queda nada en la copa. ¿Dónde está? Hace solo dos minutos estaba ahí. ¿Dónde está? ¿Dónde está? Creo que es la que va por ese pasillo. ¿Dónde está? ¿Dónde está? ¿Dónde está?

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