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Llegó a casa y no había nadie. Hacía un par de horas que yo me había ido para no volver. Mis llaves estaban justo donde las dejé, en el cuenco de la entrada lleno de corchos de antiguas botellas de vino que nos habíamos bebido en los últimos meses. Unos coleccionan sellos exclusivos. Otros, arte. Ella, por otro lado, siempre fue de gustos más sencillos: camiseta y vaqueros, alguna pieza de joyería muy discreta, bragas sin encaje y el pelo suelto. Me gustaba. Quizás no me volvía loco, pero me bajaba los pies a la tierra y conseguía darme un sosiego que, de una u otra forma, no me había proporcionado nadie hasta el momento. A lo mejor estoy hecho para relaciones tormentosas y por eso no aguanté más con ella. Eso sí, no tardé en arrepentirme. Cuando volví, un par de meses más tarde, no había nadie en casa y el teléfono no daba señal. Se había ido.

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