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Ya eran las seis de la mañana. Volvía a casa con las primeras luces en el cielo, sus tacones en la mano y la mirada algo perdida. La había visto por última vez a eso de las cuatro, cuando me dio un beso antes de ir al baño y desaparecer durante el resto de la noche. Después de eso, la nada más absoluta dentro del más cruel de los silencios. La primera vez que lo hizo me cabreé. La segunda y la tercera, también. A partir de la cuarta, comprendí que huir formaba parte de ella y jamás podría hacer nada por cambiarlo. De ahí a sumar dos más dos y llegar a la conclusión de que un día huiría de mí había un paso, pero o bien mi mente optaba por ignorar ese panorama o bien era algo que había llegado a aceptar como irremediable.


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