Era la cuarta vez de esa semana que dejábamos de fumar. Por supuesto, no sería la última que lo intentaríamos. Por supuesto, tampoco sería la última que fracasaríamos. Llevábamos cuatro días de hotel en hotel, de ciudad en ciudad, de país en país. Lo primero que hacíamos nada más entrar en una habitación nueva era pedir champán y abrir un paquete de tabaco, a pesar de que estaba prohibido fumar y el cuarto tenía detector de humo. Nos daba igual. Llenábamos la bañera hasta rebosar sin importarnos dónde iba a terminar la espuma después ni quién la iba a limpiar. Solo queríamos sentirnos poderosos entre nubes de burbujas y la voz de Frankie Blue Eyes. Solo queríamos sentirnos limpios para sentirnos sucios más tarde. Solo queríamos sentirnos.

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